el orfebre tapatío

Pepe Ortiz, el Orfebre Tapatío que labraba el aire

Semblanza del hombre que convirtió la plaza en un taller de filigranas.

A ciertos toreros se les llamó “el Tragabuches”, “el Espartero” o “Curro Talegas”, nombres que olían a soga, a trifulca y a miedo remendado en el callejón. Pero a un hijo de Guadalajara le tocó uno que no hablaba de ferocidad ni de huidas estratégicas: le dijeron el Orfebre Tapatío…

Torero jaliscience

Porque de allí venía. De Guadalajara. Y quizás no sea casualidad que de una ciudad tan amante de la expresión saliera un torero cuya seña de identidad fuera esa precisamente. Una expresión propia que bien puede recordar a la fiesta y a la charrería.

Pepe Ortiz pertenece a una época dorada, aquellos años de las primeras décadas del siglo XX en que la tauromaquia vivía uno de sus momentos de mayor esplendor artístico, y en que México producía figuras capaces de medirse, de tú a tú, con Chicuelo y Sánchez Mejías, o con el mismísimo Juan Belmonte quien recibió su segunda alternativa en la plaza de toros de Barcelona el 20 de junio de 1926.

Fue el tiempo de los grandes nombres, de las rivalidades legendarias, de las tardes que la memoria guardaría para siempre. Y en ese concierto de titanes, el tapatío supo encontrar una voz propia, inconfundible: los quites con el capote.

El quite de oro

Según contaba él mismo, en 1929, en la Plaza de la Condesa, se echó el capote a la espalda sin saber qué iba a hacer, aguantó al toro de espaldas y a pies juntos, moviendo los brazos en cámara lenta. Nació el Quite de Oro. Digamos que es como las chicuelinas antiguas pero ejecutado de espaldas.

Cuentan las crónicas de la época que la plaza se cayó al primer lance. Al momento del remate ya era una locura.

toreo de capa por pepe ortiz

Era un 27 de enero de 1929.

Tiempo de quites

Los días en que el tercio de varas era el protagonista absoluto de la fiesta habían quedado atrás. La transición no fue de una tarde a otra. Se tomó su tiempo. Los tiempos de grandes rivalidades son tan antiguas como el ego, el hambre de triunfo y la necesidad. Como aquella entre Largartijo y Frascuelo en que, en pleno siglo XIX ambos recibieron una multa durante una corrida en Granada por exceso de temeridad. Pero el tiempo ni perdona ni deja de seguir su curso.

Ya en los albores del siglo hubo un torero que decidió echarse el capote a la espalda. No sé si fue el primero, pero lo hizo en presencia de Rafael “el Gallo” y de su hermano Joselito, el menor de la Gabriela. Delante del mismo Machaquito o de Ignacio Sánchez Mejías. De Belmonte y del mismísimo Chicuelo, el creador de las chicuelinas. El torero se llamaba Rodolfo Gaona, y la suerte de torear con el capote a la espalda se llamó gaonera.

Fue a partir de la gaonera que se abrió el campo de la imaginación para dar al antiguo tiempo de varas, una razón más para no perder el sitio. Fue y así sigue siendo hasta ahora aunque por momentos aislados, como aquel inolvidable duelo de quites entre José Miguel Arroyo y Enrique Ponce en la plaza de Las Ventas a finales del siglo pasado.

Pero fue a partir de la misma gaonera que Pepe Ortiz llevó su desarrollo al máximo. Su famoso quite de oro, nace de dos grandes; Gaona y Chicuelo. Su famosa y artística orticina, nace igualmente de la gaonera y de la chicuelina, pero ahora de las modernas y saliendo por una navarra. Los quites de Ortiz ya no eran simples quites, eran coreografías pintureras para quien tuvo la suerte de presenciarlas.

Después vinieron las fregolinas, las caleserinas, y lo que se pudo haber ocurrido e inventado, pero quien primero se atrevió, fue Pepe Ortiz.